Durante varios años de mi vida me dediqué a despertarme un rato antes de empezar la jornada laboral para estudiar alemán.
Hago hincapié en lo de un rato, porque abandonar tu camita calentita en pleno mes de enero todos los días de la semana a la hora en la que la gente no va sino vuelve, y encima hacerlo de forma voluntaria es, cuanto menos, difícil. Y lo más jodido no fue descubrir el idioma ni la cultura,que ya tela. Lo más chocante fue la pregunta que me hacían muchos cuando se enteraban. “¿Y para qué?”. ¿Cómo que para qué?. “Sí, para qué te sirve, ¿te vas a vivir allá? ¿Tienes que hablar a menudo con ellos? ¿Te gusta la comida? ¿Qué significa "x"?”.
Y luego resulta que las cosas más maravillosas que me han pasado en esta vida no sirven para nada. Me pongo cursi, pero si alguien puede, que me diga para qué sirven un primer beso, una sonrisa anónima, un perdón analgésico, una estrofa de Chavela, un color de cielo, una horchata en agosto y una tortillita que te sale redondita y esponjosa.
El alemán lo acabé dejando, sí.
El alemán lo acabé dejando, sí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario